Si la posmodernidad ha sido eficaz resaltando algo, ése algo ha sido al individuo.
El individuo ahora se vale por sí mismo: lo que le pasa, lo que le deja de pasar, lo que le sale bien y lo que le sale mal; todo es responsabilidad suya, y no tiene a nadie más a quién culpar más que a sí mismo.
El individuo nunca se ha encontrado más solo. Y a la vez, nunca ha estado más rodeado de otros individuos que sienten lo mismo que él.
De cierta manera, Bauman propone que lo que él domina “capitalismo Light”, nos ha frivolizado la vida. Nos vemos como seres alienados los unos de los otros, que a la vez están en contacto constante con otros individuos igual de solitarios. Además, la cantidad de responsabilidad que se le impone al individuo le causa angustia: si no está sano, si no tiene el cuerpo que quiere, si el trabajo no obtiene los resultados que se buscaban, no hay nadie más a quién culpar. Y la manera de manejar con esa soledad y con la angustia que eso nos provoca, es el deseo.
Ya no se busca tanto llegar a un fin en específico. Cuando se tenía en mente el fin que se buscaba obtener, lo importante a discernir eran los medios que se iban a utilizar para obtenerlo.
Ahora, sin embargo, el medio pasa a segundo plano. Lo que se busca son los fines. Porque hay varios. Y ninguno es suficiente. Vivimos tan bombardeados de diferentes alternativas y opciones, de gente diciéndonos qué debemos comprar (a la vez que no nos lo ordenan, sino lo ruegan), que al alcanzar un fin, una meta, la euforia que esto causa es sólo temporal. Siempre vamos a querer otra cosa más, otra cosa mejor.
“Se trata más bien de considerar y decidir, ante los riesgos conocidos o supuestos, cuál e los muchos fines ‘al alcance’ resulta prioritario, dados los medios disponibles y tomando en cuenta sus magras posibilidades de utilidad duradera” (pag. 67).
Este nuevo modelo que se nos presenta en la posmodernidad – el capitalismo liviano – nos exorciza de los líderes de antaño que nos decían qué teníamos que hacer, qué estaba bien y qué estaba mal, y cómo comportarnos. Al vernos desposeídos de éstos, entonces, volteamos hacia figuras a las cuales admiramos para que nos digan cómo nos debemos comportar. Se vuelven en nuestro ejemplo a seguir. Por lo general son figuras públicas, como las celebridades, en las cuales posamos la mirada: aspiramos ser como ellos. Y se nos dice que han llegado a donde están porque han trabajado por ello. Si ellos pueden, ¿por qué uno no?
Sin embargo, son figuras inalcanzables. Lejanas. Es ahí cuando entran en escena los talk shows y la reality television. Las personas que aparecen en los talk shows no son personas inalcanzables, a las cuales admiramos y como las cuales queremos ser. Ya somos como ellas. Nos podemos identificar con ellas, y con sus problemas, pues sus problemas también son como los nuestros. Es entonces que vemos que la esfera de lo privado y la esfera de lo público se empiezan a mezclar: lo que antes eran temas intocables públicamente empiezan a perder su pudor. “Lo que está ocurriendo actualmente no es tan sólo una nueva renegociación de la móvil frontera entre lo privado y lo público. Parece estar en juego una redefinición de la esfera pública como plataforma donde se ponen en escena los dramas privados” (pag 75).
Esto, sumado a la idea que se nos vende de que cualquiera puede lograr lo que se busque, mas no somos lo suficientemente buenos para lograrlo. El deseo, como otro factor efímero, que nos tiene siempre queriendo más, nos deja siempre con un sentimiento de insatisfacción.
Al final, el deseo es lo que lleva siempre a tratar de llenar ese hoyo por medio del consumo. “El arquetipo de la carrera que corre cada miembro de la sociedad de consumidores (en una sociedad de consumo todo es a elección, salvo la compulsión a elegir, la compulsión que se convierte en adicción y que por lo tanto deja de percibirse como compulsión) es la actividad de comprar” (pag 79).
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